Somos hijos del maíz

Bárbara García, voluntaria largar estancia en Nicaragua.

Después de 5 años colaborando con ONGAWA en el grupo universidad y unos meses en el grupo de agua por fin surgió la oportunidad de ir a conocer un proyecto en terreno. Mis expectativas se mezclaban con esa incertidumbre que se siente cuando terminas la carrera, como si te encontraras frente a un precipicio y no tuvieras claro si tu objetivo se encuentra al otro lado o en el fondo del mismo.

Al menos, de esta manera, tenía la oportunidad de descubrir si aquello por lo que decidí entrar a estudiar ingeniería química, aquello en lo que he centrado mis esfuerzos en los últimos años de mi vida coincidía con aquello que me hace feliz, aquello que me llena.

Algo más de cuatro meses han pasado ya desde que llegué por primera vez a San José de Bocay, cuatro meses en los cuales he recorrido en 32 ocasiones el precioso y “movidito” camino entre Jinotega-Bocay y lo que se podría haber convertido en un camino rutinario a mí me sigue sorprendiendo y cada vez que me reencuentro con ese paisaje me llega a la mente un relato de Galeano en el que describe la historia de un niño que ve por primera vez en su vida el mar y dice: –“¡Que alguien me ayude a mirar!”-. Y es que es tanta la inmensidad o, quizá, es tan inmensa la belleza que con estos ojos no me basta, con esta piel no me alcanza para atrapar toda su esencia.

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Microcuenca “La Camaleona”

Durante este tiempo mi trabajo se ha enfocado sobre todo en ayudar al grupo que lleva la parte social, trabajando con familias, escuela y comunidades en la promoción de hábitos de higiene y saneamiento integral a través de la metodología FECSA Plus (Familias, Escuela y Comunidades Saludables).

Al principio estuve enfocada en la escuela de San Juan Central, donde me dediqué a terminar el trabajo de Marta Calzado, completando varios de los temas de FECSA en las aulas y realizando otras actividades y capacitaciones complementarias.

A pesar de ser ingeniera, casi toda mi experiencia anterior había sido en el ámbito social y, ahora en terreno, reafirmo mi creencia de que esta es la parte indispensable que complementa el trabajo técnico y es, además, la parte más complicada y bonita.

Una de las cosas que destacaría de mi experiencia es que he tenido que aprender a trabajar con las personas y las comunidades, me he adaptado (o al menos lo he intentado) a su manera de organizarse y hasta he modificado mi manera de expresarme. Aun así, muchas veces sigue siendo complicado y cuando creo que una conversación de media hora ha sido suficiente para aclarar algo, al día siguiente descubro que no me he hecho entender. No es sólo un tema de modificar el lenguaje, si no los tiempos, los ritmos, las vías de comunicación… es un trabajo de deconstrucción de la cultura aprendida.

Capacitación sobre el uso y mantenimento de las unidades de saneamiento en la escuela de San Juan Central

También he colaborado en la realización del diagnóstico de los Mollejones y Agua Zarca, haciendo encuestas casa a casa para determinar la situación y las necesidades de cada  familia dentro de la comunidad. Esta parte ha sido preciosa, entrar en las casas de las personas y pararte un ratito a conversar, tomarte un cafecito o un elote (maiz tierno) caliente cuando te lo ofrecían y recorrer los caminos con tus botas de hule y con mucho cuidado de no caerte mientras una anciana te adelantaba en chinelas (chanclas) a toda velocidad y cargando café, cacao o cualquier otra cosa. ¡Menudas acróbatas!

En la parte técnica mi mayor colaboración ha sido con el kit del agua de la Universidad Politécnica de Madrid. Durante unas semanas estuvieron visitándonos Daniel, Belén y el profesor Jose Antonio Mancebo y mientras tomábamos y analizábamos muestras de diferentes puntos de los sistemas de abastecimiento de agua  de las distintas comunidades buscábamos soluciones al abastecimiento de casas aisladas y conocíamos en “profundidad” las cuencas hidrográficas de la zona.

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Con Belén, después de haber metido la pata hasta el fondo en el lodo

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Analizando la turbidez del agua con los niños/as de la escuela de San Juan Central

Por lo demás mi trabajo ha consistido en colaborar en todo aquello que iba surgiendo, desde redactar informes a hacer de payasa en el día mundial del lavado de manos.

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Día mundial del lavado de manos, haciendo el payaso.

En cuanto a las personas con las que he compartido la experiencia la verdad es que no me puedo quejar. El equipo de trabajadores de Nicaragua es un EQUIPAZO que desde el primer momento me recibieron con una sonrisa y que trabaja sin descanso por que TODO salga bien, y créanme que ese TODO no es precisamente poco. A veces intentamos convencerles de que paren un poco y se vengan a compartir una toña, la mejor cerveza de Nicaragua (amantes de la Victoria, ni intentéis discutir esta realidad) pero la verdad es que muy pocas veces lo conseguimos.

Bueno… hay alguno que no es tan difícil de convencer…

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Con el Toña Team

Además del equipo de ONGAWA también hemos hecho muy buenas migas con los dos fontaneros del proyecto de San Juan y a pesar de que el famoso Vallejo baila estupendamente (y si no me creen miren la foto de la entrada del blog que hizo Ruth más abajo) yo me enamoré perdidamente de Don Félix.

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Con Don Félix y todo su style

Y por supuesto tengo que hacer mención a los otros dos voluntarios con los que he tenido el placer de compartir esta aventura y es que, que fueran vegetarianos igual que yo sólo fue la primera de una serie de coincidencias que han hecho que nos complementemos estupendamente. ¡No se puede tener más suerte!

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El trío de cheles en un viaje Bocay-Jinotega

En definitiva, tras este poquito tiempo ya puedo decir que me he enamorado de Nicaragua, un país mágico, con unos paisajes tropicales cargados de vida y con una gente maravillosa cuya fuerza da sentido al conjunto. Y es que, si algo se siente en Nicaragua es la lucha de su gente, una lucha que nace en la historia de un pueblo sometido por intereses extranjeros en el que la parte fundamental de la producción está orientada hacia el mercado exterior, una lucha que crece en las fincas, emana en las calles y se hace fuerte en los corazones de los nicaragüenses, en los hijos del maíz.

Así que, como muchos ya temían antes de mi partida, para mí esto no se acaba aquí: quiero que la aventura continúe y ahora, mirando de nuevo a ese acantilado, creo que he encontrado hacia dónde quiero dar el primer paso.

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