No todo el monte es orégano

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Vista de la vía de tren abandonada que cruza same

“No todo el monte es orégano”, dicen en mi pueblo. Y no todos los días se sale a terreno. Si solo escribiera sobre mis andaduras por las montañas estaría dando una visión muy sesgada de la vida como cooperante que llevo en Same, Tanzania. Es necesario dedicar muchos días al análisis de la información que se ha recogido y otros tantos a la planificación de las siguientes visitas. Se tienen reuniones, se elaboran informes sobre lo visto y se piensa la mejor manera de dar el siguiente paso adelante. La implantación de un proyecto de cooperación requiere muchos días de oficina.

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Grupo de burros pastando cerca de mi casa

Ya sean días de oficina o no, Tanzania entera se despierta con el sol. Tanto es así que tienen su propio sistema horario en el que se empieza a contar el tiempo a partir del amanecer, a las 6:00 de la mañana. Desde entonces la calle entra en movimiento. Los animales rebuznan, cacarean, balan, mugen, las motos recorren los caminos de tierra, las mujeres barren las puertas de  sus casas y los niños se marchan al colegio. Por ello muchas veces no se necesita despertador para abrir los ojos debajo de la mosquitera, ese gran invento. Los primeros días me sentía extraño con el velo de novia cubriendo la cama pero ahora dormir sin ella sería como salir desnudo a la calle.

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Una de las gallinas de mi vecina con sus polluelos

Empiezo el día con una ducha de agua caliente. Nunca pensé que valoraría tanto tener en casa un hervidor de agua eléctrico. Ni tampoco que un cubo de 20 litros lleno fuese más que suficiente para ducharme. Y menos aún esperaba yo que mi letrina no me hiciera echar en falta una taza de váter. Pero a todo se acostumbra uno. La siguiente sorpresa fue sentir como elemento indispensable de mi habitación un cubo gigante que me permite preparar la ducha sin tener que salir a la calle a por agua. Todo un privilegio gracias a tener en la letrina un grifo que, con suerte, funciona dos días a la semana y me permite llenar mi preciado cubazo.

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El imprescindible hervidor de agua

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El padre de todos los cubos, en mi letrina

Antes de dejar mi casa le pego un trago de agua a mi botella Kilimanjaro. Beber agua embotellada de las cumbres del techo de África es todo un lujo que solo The Coca-Cola Company podía poner a mi alcance. Aunque el lujo que me gustaría ver por estas tierras es el de poder beber agua del grifo limpia, barata y que no generase desperdicios. Pero bueno, como dice mi amigo Manolo “piensa más un necesitado que cincuenta abogados”, y la montaña de garrafas vacías que empezaba a rivalizar con su vecina más famosa me dio una idea para solucionar la falta de mobiliario de mi habitación. Unos listones de madera apoyados en garrafas rellenas de agua me sirven de estantería y una rama de árbol hace de perchero. Además otras tantas garrafas atadas en círculo con un trozo de cartón y tela por encima se han convertido en una bonita mesilla. Será que África agudiza el ingenio.

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Mi humilde estantería-perchero

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Botella de agua Kilimanjaro sobre la mesilla hecha de garrafas

Llego a casa de ONGAWA para el desayuno. Uno de mis descubrimientos tanzanos es que el aguacate ha nacido para ser mezclado con tomate sobre una tostada. Texturas diferentes y sabores desconocidos. Como el del cardamomo que le da al chai ya maziwa, o té con leche, ese toque exótico difícil de explicar y mucho más difícil de olvidar. Por otro lado, nuevas frutas como el maracuyá, o fruta de la pasión, me han demostrado que hay semillas que encierran todo el sabor tropical esperando para explotar en la boca. Para terminar, el reencuentro con la chirimoya me ha llevado de vuelta a la infancia, en una de esas veces que los recuerdos más profundos y nítidos van ligados al paladar.

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Chai ya maziwa: Té, leche y una combinación selecta de especias. Foto y té por cortesía de mi vecina Alejandra

 

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Nyanya (tomate) y parachichi (aguacate), ingredientes estrella del desayuno

Hora de irse a trabajar. De camino a la oficina siempre pasamos cerca de una escuela de primaria. Caminar por allí es lo más cercano que he estado de sentirme una estrella de cine. Para los niños ver a un mzungu, como aquí se llama a los blancos, es como ver a toda una celebridad. Algunos se asustan, otros te miran con curiosidad y hasta hay quien te coge de la mano para irse un rato contigo. Al llevar ONGAWA bastantes años trabajando en la zona, los niños han ido aprendiendo algo de español. Por eso, desde que nos ven acercarnos empieza a sonar un coro lejano que va subiendo de volumen hasta que todos los niños acaban cantando “¡Hola!, ¡Hola!” asomados a la verja para vernos pasar. Todo viene acompañado de un bonito paisaje donde la llanura naranja arañada con surcos de lluvia se mezcla con montañas agrestes de nubes enredadas, haciéndome disfrutar de verdad el camino al trabajo.

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Niños curioseando a un mzungu

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Vistas de camino a la oficina

La oficina de ONGAWA es una pequeña parte de las dependencias del Departamento de Agua del Distrito de Same. El lugar estaba en desuso y fue cedido temporalmente por el Distrito. Es muy modesto, la oficina consta de poco más que dos habitaciones con tres mesas colocadas haciendo encaje de bolillos para que pueda trabajar el personal de ONGAWA y los voluntarios. Pero es un lugar estratégico. ONGAWA sabe que para el éxito de los proyectos hidrosanitarios que lleva a cabo en la región es muy importante trabajar codo a codo con las autoridades públicas locales. En último término es el personal del Distrito quien tendrá que velar para que las redes de abastecimiento y los programas de saneamiento sigan funcionando en el tiempo. Detalles que marcan la diferencia.

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Interior de la oficina de ONGAWA en Same

Fin de la jornada. Recientemente hemos entrado en la época de lluvias corta que nos regala sus aguaceros de tormenta de verano. Todo empieza a ponerse verde y por el camino de vuelta a casa nueva fauna me sorprende de vez en cuando. Encontrarte con tortugas y caracoles tamaño africano es muy divertido. Pero las lluvias han traído también a otros invitados menos simpáticos, como los escorpiones.

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Caracol gigante africano

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Tortuga de espolones africana visitando el patio de mi casa tras una tormenta

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Escorpión en el porche de ONGAWA siendo evacuado con un cepillo

Aún así, por las tardes siempre me apetece pasear por la montaña de al lado de mi casa. Y también subirla porque desde la cima las vistas son increíbles. Este continente encierra  mucha magia y no deja de sorprenderme a cada paso. Su gente, su luz y sus colores me tienen enamorado. Termino el día en lo alto, donde me espera el silencio y  un aire puro mecido por el viento. Respiro profundo. Y me quedo pensando que los atardeceres africanos deberían ser patrimonio de la humanidad.

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Atardecer desde un cerro de Same. En el fondo a la izquierda el monte Meru y a la derecha el Kilimajaro

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2 comentarios en “No todo el monte es orégano

  1. Hola Miguel Ángel, muchas gracias por tus comentarios y fotos. Mañana vamos a contar a la Fundación ACS el trabajo que estáis realizando y lo que escribes transmite con mucha sensibilidad todo lo que estás viviendo. Muchas gracias por tu trabajo y tu dedicación. Un cordial saludo.

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